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Cambio climático, la bomba biótica y la política en Bogotá

Publicado el Miércoles, 11 Octubre 2017, en Noticias

La pregunta que nos hacemos es que si debemos esperar a que se agote el agua, para comenzar a buscar soluciones, o comenzamos desde ya a tratar el tema y a convertirlo en una política pública de primer orden.

Cambio climático, la bomba biótica y la política en Bogotá

 

El Amazonas nace en el cielo

Cuando Loren McIntyre, fotógrafo de la National Geographic, se enteró en 1969 del avistamiento en el Alto Yavarí de la tribu de los Mayorunas, no dudó en ir al encuentro de los hombres-gato, como se les conoce. En las semanas de convivencia con esta tribu, que se había aislado voluntariamente dos siglos antes, McIntyre entabló una relación con el chamán de esta comunidad quien ante la pregunta sobre la leyenda del río Amazonas narró:

“Érase una vez un gran río que corría en el cielo. Todo su valle estaba sostenido por las nubes, atados a ellas con fuertes cuerdas de lianas…” para los Mayorunas, “el Amazonas nace en el cielo…  lluvia, de eso está hecho el río”. 

La sabiduría indígena ve el mundo de manera similar a James Lovelock, autor de la teoría de Gaia: equilibrado en su diseño original al mismo tiempo que posee una armonía extremadamente frágil.

De manera sorprendente hoy se ha descubierto que unos 20.000 millones de toneladas diarias de agua son transpirados por la selva amazónica, volumen mucho mayor que la que transporta el gran Amazonas. Los “ríos voladores” se mueven al ritmo de los vientos que impulsan las “bombas bióticas”, condición de los bosques de condensar la humedad. Antonio Nobre, el científico brasilero que sostiene esta teoría descubrió lo que los Mayorunas ya lo sabían siglos antes, que el río Amazonas depende de la lluvia. El conocimiento que agrega Nobre es que la Amazonia regula el clima de América del Sur y que su deforestación significa la supresión de la mayor fuente de humedad de este continente. Si se suprime esta “bomba biótica” se alteran las humedades del continente. 

Siguiendo estos estudios ya se afirma en Buenos Aires que la pérdida de los bosques amazónicos es una de las causas principales para que llueva menos en la cuenca del río de La Plata. Menos árboles en la Amazonia significan menos lluvias en Buenos Aires. 

Si en Argentina se sospecha que el régimen de lluvias depende de la Amazonia, en Sao Paulo esto es ya una certeza que dejó de ser una teoría de científicos ambientalistas, vistos como alarmistas y catastróficos. Hoy cerca de setenta millones de personas están al borde de recibir agua solamente dos días a la semana. Hoy, los conflictos por el agua dejaron de ser exclusivos de la región del Nordeste y se han trasladado a las grandes ciudades brasileras.

De manera sorprendente esta situación catastrófica contrasta con el termómetro de las prioridades políticas brasileras. Pasaron las elecciones en Brasil (2015) y tanto la presidenta, reelegida en la segunda vuelta, como el gobernador de Sao Paulo, reelegido en la primera vuelta, escabulleron los temas ambientales y la escasez del agua, que ya era una realidad en medio de las campañas electorales, no estuvo dentro de la agenda de los discursos y menos de los debates.

Electores y elegidos no quisieron tratar este tema, no quisieron afrontar la realidad de que el día después ya había comenzado. Nadie quería escuchar malas noticias y lo que era bastante evidente se ocultó. Además, la candidata ambientalista fue acosada de ser la portadora de las malas noticias que amenazaba el porvenir del Brasil exitoso, y luego de someterla a una ordalía sufrió el extrañamiento político. Hoy, el tema de la sequía forma parte del listado de desengaños que la ciudadanía brasilera tiene y se ha constituido en uno de los soportes de las movilizaciones que se están realizando.

Vientos alisios y las aguas de Bogotá

La oferta hídrica de la cual goza Bogotá en gran parte está asegurada por las aguas que transportan los vientos alisios del sureste que arrastran las aguas que las “bombas bióticas” elevan a los cielos en la Amazonia y los conviertes en el “río volador” que abastece a los páramos en el oriente de la Sabana de Bogotá. Sin embargo, para que esto se mantenga se requiere que la Amazonia continúe siendo la residencia del bosque húmedo tropical que se formó hace miles de años. Su desaparición significa un cambio en el régimen de vientos y la mengua del “río volador” y por esta vía, la desaparición de los páramos.

Es conveniente tener presente la existencia de los vientos continentales que son el resultado de la gigantesca bomba biótica que resulta ser la Amazonia. En este extenso territorio de cerca de siete millones de kilómetros cuadrados, en su inmensa mayoría cubierta de la densa selva, es donde se generan los vientos.

Es cierto que no hemos entrado a una situación de emergencia como la del sur del Brasil y la que ya se anuncia en Buenos Aires, pero recordemos el adagio: si ves las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar. Las altas montañas no son un refugio seguro que nos permite evadir las vicisitudes climáticas que ocurren en las tierras bajas de la Amazonia.

En especial nos preguntamos por el tratamiento de estos temas en Bogotá, por ser la ciudad más poblada del país y por hallarse en medio de ecosistemas que dependen de las aguas que llegan de la Amazonia. La oferta ambiental del altiplano cundiboyacense puede resentirse sustancialmente si cambia el régimen de vientos como consecuencia de la deforestación de la selva húmeda tropical y fácilmente podemos entrar en una situación como la que vive Ciudad de México, urbe que ha tenido que construir un complejo y costoso sistema de abasto de aguas, que ha resultado siempre insuficiente. Pero no sólo se trata de un tema de asegurar el agua para el acueducto de la ciudad. También está la seguridad alimentaria. Bogotá se abastece en gran proporción del abasto de alimentos de la región central y un cambio en el régimen de lluvias significa una grave amenaza para la agricultura que soporta a la capital. 

Otro aspecto que aqueja al tema ambiental es que es tratado según los límites municipales, o en el mejor de los casos según los departamentos. Lo que hemos presenciado es que en los últimos años la coordinación entre la capital y el departamento de Cundinamarca ha sido mínima en todos los temas. Aún más ha estado ausente en la definición de una estrategia para el manejo ambiental de este territorio. Podemos mencionar dos casos para ilustrar esto.

Una de las despensas alimentaria de la capital se encuentra al oriente, en las cuencas de los ríos Negro y Blanco, donde se hallan Choachí, Fómeque, y Cáqueza, entro otros municipios. En el primero de ellos hay un fuerte enfrentamiento entre los pobladores de varias veredas y una explotación minera que va a explotar un yacimiento de recebo en el límite del páramo. Al concejal que realizó la denuncia tuvo que recibir protección debido a las amenazas contra su vida. El pleito es complejo, entre otras razones porque la empresa minera tiene los permisos que las autoridades ambientales les han aprobado.

Otro caso lo encontramos en Guasca, también al oriente de la Sabana de Bogotá. En este pequeño municipio, cuyos ríos alimentan el embalse de Tominé, operado por Codensa, se encuentra que en el límite del páramo una hacienda ha sembrado más de mil hectáreas de pinos, especie poco amigable con las fuentes de agua. Todos los ríos de Guasca alimentan primero la plantación de coníferas y luego al embalse. Por supuesto que la hacienda cuenta con los permisos necesarios para operar explotación de pinos.

En algún momento estos temas van a entrar en la agenda ambiental de Bogotá, y por esta vía en los temas que se deben incluir en los planes de gobierno y por lo tanto se van a convertir en parte del debate electoral. La pregunta que nos hacemos es que si debemos esperar a que suceda lo que está pasando en Sao Paulo, es decir que se agote el agua, para comenzar a buscar soluciones, o comenzamos desde ya a tratar el tema y a convertirlo en una política pública de primer orden. 

  • Escrito por:  Fabio Zambrano, profesor del IEU, Universidad Nacional de Colombia, para UN Periódico 

    • Etiquetas: AGU
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